Despersonalización de los medios y guerras de audiencia en el cine de los 90

La revista “Estudios del Mensaje Periodístico”, de la Universidad Complutense,  acaba de publicar un trabajo mío sobre el retrato general del periodismo en el cine de los años 90. Por si tenéis curiosidad, aquí os lo dejo:

http://revistas.ucm.es/index.php/ESMP/article/view/47034/44105

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¿Todos los periodistas quieren ser escritores?

¿Cómo de lejos están la literatura y el periodismo? Este es sin duda un bonito tema para la discusión y el debate. Por un lado el periodismo se debe a la verdad y a la objetividad mientras que la literatura gana con la hipérbole, con la adjetivación y la mentira pero, por otro, no deja de ser cierto que el periodismo escrito y la literatura comparten la misma materia prima, la palabra, y que por ello no es raro que hayan sido muchos los que hayan transitado entre uno y otro (el inmenso García Márquez como ejemplo más indiscutible) e incluso todavía más los que hayan deseado hacerlo. Al menos en mi época las facultades de periodismo rebosaban de aspirantes a escritores, toda vez que a escribir no se enseñaba en ninguna parte, al menos académicamente hablando.

Runaway Bride (1999)

Los guionistas algo deben de barruntar sobre este este hecho toda vez que una de las cosas que el cine suele contar sobre los periodistas es que algunos lo son por razones estrictamente alimenticias y que con lo que sueñan realmente es con convertirse en escritores. A veces esa ambición forma parte de la trama esencial de la película como en “Tinta roja”  (Francisco J. Lombardi, 2000) donde los redactores de “El clamor” bautizan como “Varguitas” al becario recién llegado en virtud de su admiración por Vargas Llosa. “Varguitas”, aunque es un caso raro en la ficción sobre periodistas, verá en parte cumplido su sueño al escribir una novela basándose en su experiencia en la sección de Sucesos en la que mezcla ficción y realidad. Algunos, como Ike Grantham (Richard Gere) en la comedia romántica Runaway Bride (Novia a la fuga), (Garry Marshall, 1999), quien le explica a Maggie Carpenter (Julia Roberts) que su madre quería que fuese novelista pero en su defecto se dedicó al periodismo, al que define como “literatura hecha con prisas”, si bien la película deja claro que se trata de una ambición que no ha abandonado. También el superficial Marcello Rubini (Marcello Mastroiani) de La dolce vita (Federico Fellini, 1960) está intentando escribir un libro. O eso dice. Al final también intenta retirarse a un pequeño pueblo para escribir pero se ha acostumbrado al absurdo de la superficialidad y la echa de menos. Bien pudiera ser que la cacareada ambición de escribir por parte del cronista de sociedad no fuese en realidad más que una justificación del propio Marcello ante sí mismo que, a la hora de la verdad, se revela tan hueca como el resto del personaje.El mismo amor, la misma lluvia

En The Philadelphia Story (Historias de Filadelfia), (George Cukor, 1940) James Stewart da vida a otro periodista obsesionado con escribir libros que, entretanto, se dedica a una de las formas menos encomiables del periodismo: la crónica de sociedad. Quizá por ello cree que su única posibilidad de llegar a convertirse en un auténtico escritor es conseguir que le despidan. En Nadie conoce a nadie (Mateo Gil, 1999), Eduardo Noriega también es un aspirante a escritor que se acerca en este caso no al periodismo pero sí a los periódicos (es el autor del crucigrama semanal de un diario sevillano) como una opción alimenticia mientras no cumple con su más noble misión, que verá satisfecha al final del film. Lee Simon (Kenneth Branagh) en Celebrity (Woody Allen, 1998) se dedica a la información rosa mientras trata, sin éxito, de vender uno de sus guiones y el protagonista de la inolvidable “In the mood for love” (Wong Kar-Wai, 2000) se gana la vida en un periódico del Hong-Kong de los años 60 pero al mismo tiempo escribe novelitas de artes marciales. Como ejemplo inverso figura Ricardo Darín en El mismo amor la misma lluvia (Juan José Campanella, 1999), en la que interpreta a un escritor reconvertido en crítico (V. García de Lucas, El simple arte de observar 2006, 93). Darín es el autor de una exitosa novela pero no ha conseguido volver a escribir en serio y para sobrevivir tiene que aceptar dejar de escribir cuentos para la revista y, en su lugar, ejercer como crítico de cine y teatro.

In the mood for love (2000)

Así pues, son muchos los periodistas de cine que aspiran a ser escritores pero no conozco ni un sólo caso de escritor que sueñe con ser periodista. En realidad me cuesta encontrar ejemplos, aunque alguno hay, donde trabajar como periodista se presenté como un sueño dorado. ¿Será acaso que el glamour y la aventura de la vida reporteril no resultan lo suficientemente atractivos y glamourosos? Pues ya es raro… XD

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El diablo encarnado: los paparazzi al ataque.

Hablar de Paparazzi en un blog sobre periodismo puede llegar a entenderse incluso como insulto y abrir un encarnizado debate sobre los límites de la profesión, pese a lo cual me permitiré la licencia de entenderla aquí en un sentido amplio amparada en los estrictos fines del recuento cinematográfico y sin entrar en más honduras.

Ocurre además que la relación de los paparazzi con el cine no puede ser más intensa desde el momento en que su bautismo es precisamente cinematográfico. Es un dato más que conocido pero por si queda algún despistado recordaremos que a los fotógrafos de la prensa rosa se les denomina así a partir de “Paparazzo”, el personaje de La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960).

Como vemos en el corte anterior, la imagen pública de los periodistas del corazón en general y de los paparazzi en particular nunca fue demasiado buena, pero va empeorando hasta alcanzar un punto culminante en el aborrecimiento por parte del público en los años 90 con su implicación en la muerte de Lady Di.

Fruto de ese espíritu es el retrato que sobre los fotógrafos de famosos hace la película Paparazzi (Paul Abascal, 2004). En el siguiente clip tiene lugar la presentación de los cuatro fotógrafos que acosan al protagonista que, como vemos, no sólo acosan a sus víctimas y violan su derecho a la intimidad sino que no dudan en manipular las situaciones, forzar las noticias y crearlas donde no las hay.

De nuevo se trata de una película totalmente prescindible en lo cinematográfico (que es mala con avaricia, vaya) así que podéis perfectamente vivir sin verla. La maldad de los paparazzi que protagonizan el filme, por si os cabía la duda, va en aumento hasta alcanzar límites insospechados y rozar el absurdo.

No es esta la única película con los “paparazzi” en el título. En 1998, un año después de la muerte de Lady Di, se estrenaron dos películas tituladas “Paparazzi”, una francesa y una italiana, con un montón de famoseo de la época en el casting. Os dejo los créditos finales de la última, que no tienen desperdicio.

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Conchita Velasco, Manolo Escobar y las “public relations”

Relaciones_casi_publicas-503498316-large 1968. España intentaba a toda pastilla coger el tren de la modernidad  -yeah yeah- con Conchita Velasco como destacada representante. En Relaciones casi públicas (José Luis Sáenz de Heredia, 1968) el espíritu de la época se explicita ya desde la combinación elegida para la pareja protagonista, con la “moderna” y resuelta  Concha Velasco compartiendo cartel estelar con Manolo Escobar.

Pero si la hemos traído aquí es porque, como es lógico, la película incluye periodistas y medios de comunicación en un retrato que si bien no pretende ser profundo sí resulta bastante revelador.

Vayamos por partes. Concha Velasco interpreta a Marta, una reportera de televisión que “conoce en un pueblecito toledano a Pepe, un cantante de Jaén lleno de talento pero sin influencias para poder triunfar”.

bscap0005Como no podía ser de otro modo, Marta es muy resuelta y aparenta estar de vuelta de todo. La presentación del personaje tiene lugar en un bar en el que casi toda la clientela es masculina. Ella, con pantalones, camisa de cuadro, gorra y parapetada tras un periódico, aparenta ser uno más hasta que se levanta para responder al teléfono y comunicarse con Prado del Rey. Este retrato se irá completando a lo largo de la película con detalles como que fuma, bebe directamente de la botella, lleva guantes de conductor, se maneja con soltura cambiando una rueda y de vez en cuando salpica su conversación de términos en inglés. (Yeah, yeah)

Poco más tarde la vemos en su “cuatro latas” rumbo a la noticia, que cubre con una cámara de cine.  Como tantos otros periodistas cinematográficos Marta es multitarea y tanto graba con una cámara como redacta una noticia o se convierte en representante de un cantante. Y es que, en efecto, cuando conoce al talentoso Pepe, Marta decide convertirse en su representante o, como ella dice, responsable de “public relations” del artista, en una tarea sobre la que tiene opiniones firmes. Sin publicidad no se vende nada, da igual su calidad original, afirma con contundencia. Pero mucho mejor escuchar su discurso directamente en el siguiente vídeo.

Su concepción de las relaciones públicas es un tanto particular puesto que su primera medida es inventarse una noticia protagonizada por el cantante con idea de lanzarlo al estrellato. Pronto descubre que se ha quedado corta en su iniciativa porque, como le explica el redactor jefe de cuatro destacadas revistas españolas, una noticia sin fotos no es tal noticia.

Así que Marta se lanza a la puesta en escena de noticias con garra y organiza situaciones heroicas para Pepe como el rescate de un niño en el estanque del Retiro –que no sale del todo bien–  o la interpretación de un tema musical dentro de una jaula de leones en un circo.

El primer indicio de que las “relaciones públicas” no son tal cual las concibe Marta es su despido de TVE por haberse inventado la noticia de un accidente de coche de Pepe. “La televisión es un servicio de información oficial”, argumenta su jefe, a lo que ella replica que “no habiendo perjuicio para nadie y pudiendo en cambio…” a lo que sigue un “emotivo” discurso que prueba que la película se alinea con los métodos de Marta en una especie de “el fin justifica los medios” un tanto pintoresca.

Confirma la tesis del filme la respuesta de su amigo al enterarse de que la han despedido por inventarse una noticia.

Creo que no os hago un spoiler dramático si os digo que la película termina con las relaciones públicas de Pepe y Marta convertidas en amorosas y privadas, acompañadas del éxito del primero. Pero no quería dejar de incluir dos cortes adicionales sobre el periodismo en la película que no tienen desperdicio. El primero va sobre la “garra perodística” y el modo de gestar una noticia en un grupo de revistas español de finales de los 60. El segundo una diatriba contra los periodistas que incluye cigalas de por medio. Que los disfrutéis.

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House of Cards o las “zorras mezquinas” del periodismo político en Estados Unidos

En los últimos años el retrato de los periodistas en la ficción, especialmente en televisión, ha mejorado notablemente y son varias las series que retratan a informadores que ejercen su papel como garantes de las libertades democráticas (o lo intentan al menos) y vigilantes del poder. Newsroom, State of play  o Boss son algunos ejemplos al respecto.

Estos días, sin embargo, he estado viendo House of Cards  y estoy entre perpleja y escandalizada por el retrato de las periodistas que hace la serie. Uno de los personajes principales de la misma, Zoe Barnes (Kate Mara) es una joven periodista ambiciosa que se apoya en el congresista Francis Underwood para conseguir un rápido y meteórico ascenso profesional. Fuera del ámbito de la comedia o de la sátira despiadada, casi me atrevería a decir que Zoe Barnes (a falta de ver los últimos tres capítulos de la primera temporada, que no creo que den un gran vuelco) es uno de los retratos más negativos de una periodista de ficción que yo haya visto, que no es decir poco. La ética profesional brilla por su ausencia en sus prácticas profesionales: la supuesta periodista transcribe sin rubor lo que el congresista Underwood le indica sin confirmarlo o cuestionarlo e incluso sabiendo en ocasiones que la información que le filtra es mentirosa. Su atractivo sexual es la base exclusiva de su éxito profesional y el personaje ni siquiera intenta engañarse a sí mismo al respecto. Sin destripar del todo el argumento y sin extenderme demasiado diré simplemente que en su empecinamiento por mostrar a una periodista que asciende a golpe de sexo la serie incluso incurre para mi gusto en cierta falta de coherencia argumental. Hay un momento en que para Zoe sería fácil aprovechar el impulso obtenido a través de Underwood para desarrollar su propia carrera de periodista, en la que es de suponer que ella en algún momento creyó, pero sin embargo opta por seguir ejerciendo de amante-transcriptora… En fin.

house-of-cards-kate-mara HOUSE OF CARDS

Este retrato, que se extiende a otros personajes femeninos de la serie (la veterana corresponsal política con la que Zoe se enfrenta revela haber hecho su carrera a base de acostarse con sus fuentes y la editora de la publicación de Internet a la que se suma Zoe parece una modelo), ha despertado reacciones de protesta en Estados Unidos con artículos como este de Alissa Rosenberg cuyo título es bastante expresivo: “House of Cards cree que todas las reporteras políticas son unas zorras mezquinas”. En respuesta a este artículo han aparecido otros en los que se defiende la serie diciendo que simplemente las mujeres que retrata son tan malas como los hombres…. Yo estoy sin embargo mucho más de acuerdo con el primer artículo que con el segundo porque si bien es cierto que en la serie hay maldad para dar y regalar por parte de todos los personajes, mi reproche al sexismo de la serie viene dado fundamentalmente por la falta de coherencia sobre lo que se supone que quiere Zoe Barnes y lo que realmente hace en primer lugar y, en segundo, porque su única arma para conseguir sus fines parezca ser hasta el momento el sexo.zoezimmer

En cuanto al periodismo, la serie plantea de forma recurrente en la primera temporada el debate entre el papel de los periódicos tradicionales y el periodismo de Internet.  Trataré de dedicarle otra entrada más adelante pero de momento y para ir abriendo boca os dejo un enlace a un artículo de Eric Gould respecto a este asunto y otro bastante interesante firmado por Julie Moos.

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La periodista del siglo XXI

A new job? Hopefully. A new man? Possibly. A new handbag? Absolutely!

Confesiones de una compradora compulsiva  (P.J. Hogan, 2009) es una tontería de película que probablemente no merece demasiada atención. Ni siquiera fue demasiado bien en su momento tan bien en taquilla en España como cabría esperar de una película de este estilo lo que prueba que, después de todo, el público no es tan idiota ni tiene tan mal gusto. Claro que lo de “tan bien” merece un segundo vistazo. En España fueron a verla al cine 234.562 personas que, en efecto, son muchas menos que los más de tres millones de espectadores que vieron en su momento Bridget Jones. Ese cuarto de millón de espectadores se traduce en 1.396.543 euros que, repito, no son muchos para una película de este estilo. Eso sí, su recaudación mundial fue de más de 108 millones de dólares, que ríete tú. Y eso que se mire por donde se mire la película es mala con avaricia. El guion tiene un montón de incoherencias y la realización y el montaje, amén de planos y aburridos, revelan un montón de fallos de continuidad. Un visionado poco atento de la película ya lo revela pero si hace falta confirmación podéis echarle un vistazo al largo listado de errores que recoge Imdb.

Pese a las reflexiones anteriores, creo que bien merece una entrada en el blog como reflexión sobre uno de los tipos de personaje que el cine del siglo XXI escoge para representar a las periodistas.  En los 90 aparecen los primeros indicios de un personaje cuyo principal motor es el elemento romántico, enmarcado dentro de las películas denominadas “chick flick”, un personaje que se consolida en los 2000 con Bridget Jones como máximo exponente. El caso de Rebecca Bloomwood va todavía más allá  puesto que, como afirma la línea que encabeza este texto, este personaje no busca ya el amor como sus predecesoras sino que su principal motor vital es comprarse ropa. Claro que como ocurre en este tipo de películas la trama hace que se redima -aunque realmente toda la película es una loa a la moda y a los trapos que malamente se intenta disfrazar, con poco éxito, de crítica hacia el consumismo- y que finalmente elija lo importante que es… ¡tachán!, el amor.

En cuanto a la imagen que se da en la película del periodismo, no es de extrañar que la profesión vaya como va si un avispado y exitoso editor de una revista económica es capaz de contratar a una frívola indocumentada y convertirla en la estrella de su publicación. Sí, ya sé, no es más que un cuento de hadas contemporáneo pero ¿de verdad os parece que los valores que vende y el escenario en que los sitúa son baladís y casuales? A mí no.

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Friday Foster

En 1975 se estrena “Friday Foster”, una película dirigida por Arthur Marks que tiene algunas peculiaridades que la hacen muy interesante, sobre todo para este blog. “Friday Foster” es la adaptación cinematográfica de una tira cómica publicada entre 1970 y 1974, la primera viñeta sindicada en Estados Unidos con una protagonista negra que, para nuestra fortuna, además es fotógrafa. ;-)

FridayFosterLa película forma parte del subgénero bautizado como “blaxploitation” que nace en los años 70  orientado a la comunidad negra urbana de Estados Unidos. Las películas pertenecientes a este género se caracterizan, entre otros elementos, por la destacada presencia de la música funk y porque el reparto está compuesto casi exclusivamente por actores afroamericanos. Una de las conclusiones inmediatas de mi estudio sobre la represntación de los periodistas en el cine era el predominio casi absoluto de los personajes de raza blanca en la representación cinematográfica de los periodistas, así como en el predominio de los hombres sobre las mujeres. Es decir, el periodista cinematográfico del siglo XX fue blanco y varón. Por eso Friday Foster constituye toda una notable excepción. Claro que en esta película la actividad profesional de la protagonista no es más que una excusa para el desarrollo de la trama.

Friday Foster, interpretada por Pamela Grier (no os perdáis las rimas del trailer: Pamela Grier is here :-), es una antigua modelo que ahora trabaja como fotógrafa en la revista Glance. La sinopsis la describe como bella y ambiciosa, como no podía ser de otro modo en el retrato de una periodista cinematográfica. La casualidad y su intrepidez la colocan tras la pista de una conspiración que desvelará en colaboración con el investigador Colt Hawkins (Yaphet Kotto).

Si queréis haceros una idea del tono del filme no tenéis más que ver el tráiler. No tiene pérdida.

Algunos enlaces interesantes sobre la peli:

Artículo en Forgotten Films.

Comentario sobre momento Psicosis en Friday Foster.

Película en iTunes.

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Las damas de la prensa de 1930

King of Jazz es una película de 1930 o, para ser más precisos, una revista cinematográfica repleta de números musicales y sketches sobre temas muy variados. Uno de ellos se titula “Ladies of the press” (Damas de la prensa) y en él podemos ver a la resuelta jefa de local de un periódico y sus exigencias de “máxima actualidad”. El sketch es muy corto, así que os recomiendo que lo veáis entero.

Tanto el look de las periodistas que aparecen en él como su manera de comportarse responden a un tópico cinematoráfico acuñado a finales de los años 20 y que sobrevivió hasta los años 90. Se trata de la sob sister, una resuelta reportera que se ocupaba sobre todo de temas lacrimógenos que incluían sucesos y reportajes de sociedad, que no de vida social. Estas chicas de la prensa querían demostrarle a sus compañeros que eran tan buenas y tan duras como ellos, si bien en muchos casos cambiaban de estilo y de opinión al encontrarse con algún colega dispuesto a deslizar en su dedo un anillo de matrimonio.

Las actrices en pantalla son: Laura La Plante (jefa de local),  Kathryn Crawford (cuarta reportera), Grace Hayes (tercera reportera), Merna Kennedy (segunda reportera) y Jeanie Lang (primera reportera).

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Broadcasts News: ¿éxito o amor?

Hace tiempo que me pregunto si para todos los periodistas hubo una película que les dio el primer o último empujón a la hora de decidir su futuro profesional. Mi amigo el profesor y periodista Antonio Sanjuán me comentó alguna vez que la suya fue Los gritos del silencio. La mía, sin duda alguna, fue Broadcast News, que en España se tituló “Al filo de la noticia”, donde no sólo se veía el ritmo frenético de los informativos de una cadena de televisión sino donde además había una periodista que en aquel momento me pareció todo un modelo a seguir, con su indiscutible talento, su imbatible carácter y su absoluto amor por el periodismo. Sus crisis de llanto en solitario y el hecho de que acabe más sola que la una se ve que fueron elementos que la versión infantil de mi misma no computó en el debe del retrato profesional de Jane Craig, interpretada por Holly Hunter y dando réplica en la pantalla a William Hurt, como un cínico y atractivo presentador, y al serio, talentoso pero algo patoso personaje interpretado por Albert Brooks, con su memorable escena en la que acaba empapado en sudor la primera vez que tiene la oportunidad de ponerse ante la cámara.

Jane Craig (Holly Hunter) en Broadcast News

Muchos años más tarde leí el que considero uno de los artículos más sugerentes sobre la imagen de la mujer periodista publicados hasta el momento. Lo firma Linda A. Detman y trata precisamente sobre el personaje de Jane Craig. Detman extrae diversos significados de la película a través de la negociación que se establece entre el espectador y el texto fílmico, entre los cuales destaca, sobre todo, el apoyo de la falsa idea de que las mujeres deben elegir entre tener una carrera profesional o una vida privada satisfactoria. Este discurso sobrevivió durante muchos años. No hay más que pensar, por ejemplo, en las desventuras amorosas de Bridget Jones o en el talante de la Robin de How I met your mother para darse cuenta de que la representación cinematográfica de la periodista suele asociarse todavía hoy al conflicto entre lo personal y lo profesional.

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Los periodistas de cine más populares

CiudadanoKane

Cada uno tiene sus aficiones y una de las mías es cuantificar y contabilizar. Semejante manía, unida a las exigencias de la redacción de una tesis, hacen que la mía esté poblada de datos curiosos más o menos relevantes, cómo el de cuál es el periodista cinematográfico más popular entre los estudiosos de la cuestión. Y es que uno de los ejercicios que hice en su momento fue el de contabilizar las veces que la bibliografía sobre cine y periodismo existente en castellano hasta entonces citaba a cada personaje cinematográfico.

La foto que acompaña esta entrada supongo que ya deja adivinar que el primero de este particular ranking no es otro que Charles Foster Kane (Orson Welles), el protagonista de Ciudadano Kane, (Orson Welles, 1940), un personaje bastante negativo al que los distintos autores se refieren dentro de capítulos tales como el periodista como villano, la relación de los periodistas con la política, el periodista y la vida privada y, sobre todo, en menciones diversas a los magnates de los medios de de comunicación, un personaje al que el cine en general no ha mirado con muy buenos ojos.

Los siguientes puestos de la lista están ocupados también por personajes masculinos como Ed Hutchinson (Humphrey Bogart) en El cuarto poder (Richard Brooks, 1952), que en buena medida vendría a ser la otra cara profesional de Kane, un implicado director de prensa que aparece mencionado como cruzado, periodista comprometido o defensor del pueblo, entre otros. En un nivel inferior, pero todavía entre los personajes más relevantes, se sitúan otros cinco periodistas varones: el también malvado magnate D. B. Norton (Edward Arnold) de Juan Nadie (Frank Capra, 1941), el inexperto corresponsal Guy Hamilton (Mel Gibson) de El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1983), así como los también corresponsales Russell Price (Nick Nolte) de Bajo el fuego (Roger Spottiswoode, 1983) y Sam Waterston (Sydney Schanberg) de Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984) y, por último, el superficial Marcello Rubini (Marcello Mastroiani) de La dolce vita (Federico Fellini, 1960).

Ya a continuación de estos encontramos los primeros nombres femeninos. Las periodistas más “relevantes” de la historia del cine, de acuerdo con este rasero, son: Ann Mitchell (Barbara Stanwyck) también en Juan Nadie, en la que da vida a una periodista sensacionalista y sin escrúpulos finalmente redimida; la corresponsal Claire Stryder (Joanna Cassidy) de Bajo el fuego, con frecuencia citada a colación de su compañero de reparto ya mencionado más arriba y, por último, la malvada Diana Christensen (Faye Dunaway) de Network (Sydney Lumet, 1976), una de las malas más malérrimas de toda la historia del cine, aunque en el retrato de las periodistas cinematográficos se trata de un puesto bastante disputado.

La contabilidad de las citas académicas premite extraer otras conclusiones curiosas como que el periodista de cine es fundamentalmente reportero, trabaja en prensa escrita y con mucha frecuencia en la sección de Sucesos.

Otro día os cuento más.

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